viernes, 3 de junio de 2011

Mi testimonio:Horacio y los originales de Felisberto

Otro Felisberto y yo… [1]

Hace ya muchos años, en una conversación que recuerdo muy bien, Marta Bracchi Le Roux, destacada pianista uruguaya, entonces residente en San Francisco, California, y muy amiga de Amalia Nieto, mencionó a quien había sido esposo de la pintora—un tal Felisberto Hernández, escritor compatriota, a quien yo jamás había oído nombrar. Le comentaba a Marta que ya terminaba los cursos del doctorado y llegaba el momento de elegir sobre quien trabajar en mi tesis. Tenía sentido, me parecía, escribir sobre un autor uruguayo. Había pensado en Paco Espínola, a veces pensaba en el poeta Liber Falco, otras en un estudio exhaustivo sobre la Generación del ’45, siempre tratando de esquivar el estudiar exclusivamente a uno de los más señalados—Quiroga, Onetti, Benedetti—sobre los cuales habría ya muchísimos trabajos.

Una de las ventajas de estudiar en la University of California, Berkeley, institución de mucha fama, era la visita frecuente de escritores muy reconocidos, atraídos por el prestigio de la universidad y por la presencia de profesores de trayectoria crítica señalada. Entre ellos estaba el peruano José Durand, quien había invitado a su amigo Julio Cortázar a dar durante un semestre un seminario sobre su obra. La primera vez que vi a aquel hombre tan alto, tan grande, con su amplia sonrisa y el acento peculiar que algunos consideraban afectadamente afrancesado pero no era otra cosa que una alteración del habla congénita, recibí una impresión muy fuerte. Se trataba, además, de un escritor cuya obra me había resultado seminal y a quien había leído con suma atención y enorme placer. La clase era numerosa y Cortázar, que intentaba recordar los nombres de todos sus alumnos, apenas pasó la lista por vez primera recordó mi nombre, que usaba cada vez que me daba la palabra. No era gran cosa—me llamo Horacio.

A medida que avanzaba el curso, crecía mi admiración por el maestro. Resultó ser un hombre simpatiquísimo y aunque trataba a todos los alumnos con la misma deferencia, casi naturalmente se fue estableciendo una relación muy cordial con aquellos de nosotros que veníamos del Río de la Plata y que una vez vencida la natural timidez nos animamos a invitarlo a comer asados y a matear en la residencia estudiantil. Jean-Louis Le Roux, esposo de Marta Bracchi, primer oboísta de la San Francisco Symphony Orchestra y director de un grupo que se especializaba en música contemporánea, The San Francisco Contemporary Music Players, me había regalado un viejo álbum de Jazz ejecutado en oboe—no recuerdo quién era el intérprete—que yo decidí pasarle a Cortázar, cuyo conocimiento y gusto del Jazz me constaba.[2] Fui a su oficina con los discos que aceptó con entusiasmo y me invitó a sentarme. Charlamos por un buen rato y fue entonces que me animé—me atreví, más bien—a sugerirle que quería trabajar sobre su obra, es decir, ponerme de inmediato a esbozar mi tesis doctoral sobre algunos de sus textos claves. Me escuchó en silencio y luego de una pausa que me pareció eterna agradeció mi interés y agregó inmediatamente que no me aconsejaba tal proyecto. Sus razones fueron contundentes y certeras: había toneladas de bibliografía para consultar y la escritura de lo que debía de ser un ejercicio académico que iniciara mi carrera como crítico de fondo—feliz expresión de Angel Rama—podría alargarse indefinidamente, con riesgo de no concretarse jamás.

La conversación no terminó así. Cortázar no esperó siquiera a que yo reaccionara a sus comentarios y me indicó sin rodeos que lo que yo tenía que hacer era estudiar con sumo cuidado a mi compatriota Felisberto Hernández—era, en pocos días, la segunda vez que escuchaba ese nombre. Y así fue que en mi primer regreso a Montevideo luego de aquella conversación me dediqué de lleno a la tarea de conseguir los textos de Felisberto y hacer una primera lectura atenta. También fui a la Biblioteca Nacional y por mediación de la Sra. Alicia Casas de Barrán se me otorgó el privilegio de residir en la sala de investigadores, donde conocí a mucha gente interesantísima y dispuesta a colaborar con mi proyecto. Aprendí mucho allí… Sucedió, además, que hacía poco había llegado a la Biblioteca una carpeta llena de documentos de Felisberto—si mal no recuerdo se le había hecho un homenaje antes de que yo llegara—en préstamo de la hija menor del autor con Amalia Nieto. Leí con mucho interés aquel material desordenado y de alguna manera, aunque no recuerdo exactamente cómo, me puse en contacto con la dueña de todo aquello, Ana María Hernández de Elena.

Ana Inés Larre Borges había escrito un excelente artículo sobre Felisberto que se había publicado en la revista de la Biblioteca que acababa de salir.[3] Me habló de Paulina Medeiros y me instó a que la visitara. Ella vivía muy cerca de la Biblioteca, en un viejo edificio de apartamentos donde la avenida Rivera se encuentra con las calles Guayabos y Jackson. Pasé allí una tarde memorable charlando con Paulina, sobre todo de su amigo Felisberto. Me obsequió varios de sus propios libros con cariñosas dedicatorias, un negativo en vidrio de una hermosa foto suya, que aún conservo, y un ejemplar de un texto que acababa de publicarse, titulado simplemente Felisberto y yo,[4] donde se reunía la correspondencia entre Paulina y el escritor.

Beto Oreggioni y Wilfredo Penco, en la casa de la calle Andes donde se había instalado la editorial Arca, me regalaron las obras completas de Felisberto, que poco después fueron lujosamente encuadernadas en la Biblioteca, por gestión de Mireya Callejas, cuya colaboración simplificó enormemente mi trabajo en el Centro de Investigaciones. Aquella edición crítica había estado a cargo de José Pedro Díaz, a quien conocí poco después y de quien aprendí mucho—y no solo sobre Felisberto. Norah Giraldi de Dei Cas, alumna de piano de Felisberto y entonces profesora de literatura en Francia, también había llegado a Montevideo a visitar a sus padres y tuve oportunidad de verla en su casa de la calle Millán. Su primer libro sobre Felisberto fue quizás la primera aproximación crítica que consulté luego de terminar la lectura de los textos primarios.[5] Si bien Arturo Sergio Visca ya anotara que era difícil discernir si Felisberto era un músico que había decidido hacer literatura o un escritor que en algún momento había optado por la música,[6] fue Norah quien estudió con notable precisión crítica esa trayectoria vacilante entre música y literatura que caracterizó al autor.

Sin duda alguna, no obstante, la experiencia más formativa de aquellos tiempos está relacionada con el encuentro concertado con Ana María Hernández en la vieja casona de Sayago y que menciono en las primeras páginas del libro que resultó de lo aprendido en aquel período.[7] Dije en aquella instancia:

En Montevideo, en el invierno de 1983, conocí a Ana María Hernández de Elena y a su familia. Me permitió acceso a originales de Felisberto, me obsequió libros y fotos, me contó muchísimas cosas, y muchas veces me dejó solo con aquellos libros que su padre anotaba minuciosamente, con desordenados borradores, con cartas, con innumerables recuerdos. En aquella sala de paredes altísimas había un hermoso óleo de Felisberto pintado por Amalia Nieto, su segunda esposa y madre de Ana María. Dejo aquí constancia de la ayuda, de la generosidad y de la simpatía de todos los familiares del autor, y en particular de la tía Ronga, con quien pasé una tarde inolvidable en la calle Petain.

Los documentos que comencé a estudiar en la casa de Ana María, carecían de orden alguno y se me ocurrió que para simplificar mi trabajo convendría establecer algún criterio mediante el cual se pudieran clasificar los diversos tipos de papeles incluidos en las atiborradas carpetas cuyos elásticos podrían ceder en cualquier momento. Poco a poco, y según criterios que obedecían al sentido común y ciertamente no a lo que pueda ser canónico para un bibliotecario, conseguí hacer de todo aquello un conjunto más o menos coherente y sin duda alguna manejable. Lo que se me permitió ver, con regularidad y sin apremio alguno en aquel espacio silencioso y privado—Ana María, hacia el atardecer, me invitaba a tomar el té—eran cosas de muy diversa índole. Estaban los originales de las obras fundamentales, había fragmentos, variantes de todo tipo, borradores múltiples, etc. (Todo eso había sido minuciosamente recogido por José Pedro Díaz y publicado junto con las versiones definitivas de los relatos en su edición crítica de Obras Completas.) Había, además, una colección importante de programas, invitaciones, algunas cartas—aunque no muchas—, discursos, el manuscrito de un bello poema de Jules Supervielle, anuncios de conciertos, recortes de periódicos, fotos, apuntes en la taquigrafía propia del autor, muchas páginas mecanografiadas con anotaciones manuscritas, etc.

Entre todo aquello, había un cuaderno pequeño de tapas duras y negras que me llamó la atención. Casi diría que no lo advertí, al principio, fascinado por la abundancia de aquellas cosas que podía rastrear de inmediato, por las páginas taquigráficas—indescifrables entonces, ahora legibles debido a que el Ingeniero Juan Grompone logró dar con la clave de la taquigrafía “privada” de Felisberto—y por los muchos fragmentos que aunque evidentemente relacionados con textos definitivos, permitían imaginar versiones alternativas y siempre interesantes de lo ya publicado. Recuerdo, en particular, páginas escritas a lápiz y más tarde repasadas, palabra por palabra, con tinta. La escritura en tinta, sin embargo, no coincidía exactamente con el original en lápiz: había correcciones, quizás mínimas, y se trataba—sobre todo—de cambios estilísticos, sinónimos, detalles que indicaban una atención muy especial a la forma y, en cierto modo, daban por tierra con la percepción general de que Felisberto era un escritor intuitivo y dado a un estilo “simple” y poco cuidadoso.

Mis vacaciones llegaban a su fin y pronto tendría que volver a mis obligaciones docentes en la University of Nebraska, Lincoln, donde entonces estaba a cargo de la enseñanza de literatura hispanoamericana. Advertí que aquel cuaderno—quizás algo más parecido a una libreta—se trataba de un diario, y en particular del diario del viaje a Chile con el grupo Vanguardias de la Patria, que el joven Hernández había emprendido a los 14 años y que consta en Tierras de la Memoria. De mis notas de estudio de aquellos días, rescato lo siguiente:


* 14 años: Vanguardias de la Patria. Viaje. [Hay diario.]

"Ahora pienso que en aquella época yo viajaba sin recuerdos: más bien los hacía; y para hacerlos intervenía en las cosas; pero mi acción era escasa comparada con la de mis compañeros; atendía la vida como quien come distraído. Yo era el último en comprender y a menudo fingía haber entendido."

Lo escrito entre corchetes, recuerdo, eran siempre anotaciones de importancia. Evidentemente, un estudio a fondo de ese último largo relato de Felisberto se habría enriquecido enormemente cotejando los datos pertinentes al viaje con lo escrito—tantos años antes—en un diario, por demás mencionado específicamente en el texto de ficción. ¿Cómo manejaba, cómo había manejado el autor el dato de la realidad? ¿Cuán “real” había sido aquel diario? ¿Cuán real podría haber sido aquel diario escrito sobre la marcha por un chico de 14 años? Era especialmente interesante, claro, constatar que Felisberto había cedido al impulso de la escritura a temprana edad y resultaba fascinante poder investigar si la escritura del niño podría sugerir alguna característica del escritor adulto. ¿Podría quizás aquel texto, bastante extenso por otra parte, haber influido estilísticamente en el escritor adulto, a efectos de lograr cierta frescura en su prosa? Recordemos que el propio Onetti lo calificaba como un falso naïf.[8] Recordemos también que Felisberto hablaba de las “fealdades” de su prosa como lo más característico de su estilo, lo cual puede hacernos sospechar que cultivaba esas “fealdades” con sumo cuidado. ¿Cuántas claves podría haber en aquella libreta? ¿Cuántas posibilidades críticas? Reflexionando hoy sobre este material que en algún momento tuve entre mis manos, debo decir que me parece quizás el documento más importante que nos dejó el autor, precisamente porque su estudio podría habernos revelado mucho y hasta muchísimo sobre el método de construcción del relato felisbertiano.

Si bien lo vi y llegué a hojearlo, no pude estudiar aquel valioso documento por razones de tiempo. Me fui, claro, convencido de que tal emprendimiento sería esencial a mi trabajo, y como en aquel momento ni siquiera había comenzado a escribir formalmente, me pareció que el estudio del librito podría postergarse hasta mi próxima visita. Había algo de interés inmediato que me había distraído varios días. Se trataba de una hoja mecanografiada y con algunas adiciones en tinta—y en taquigrafía—de Felisberto: un cuento titulado “En un lugar de árboles”, que yo no recordaba haber visto en las Obras Completas de Arca. Llamé a José Pedro y le describí con precisión lo que había encontrado. Confirmó que no estaba publicado y dijo, simplemente, “se me pasó…” Le sugerí que hablara con Ana María para concretar algún tipo de publicación del inédito, pero con la integridad profesional que lo caracterizaba, me dijo que si yo lo había encontrado, era yo quien debía estudiarlo y publicarlo. Así fue que, en mi segunda visita a Montevideo relacionada con el estudio de Felisberto, escribí un escueto análisis y publiqué en Jaque aquel pequeño hallazgo.[9]

Meses más tarde, ya encaminado con mi texto, y habiendo decidido estudiar exclusivamente los relatos largos (El caballo perdido, Por los tiempos de Clemente Colling y Tierras de la memoria,) resultaba urgente analizar aquel diario para investigar su posible impacto en este último texto que fuera publicado en forma póstuma y que el autor aún corregía antes de su muerte. (En la edición de José Pedro Díaz constan, por ejemplo, versiones alternativas del principio del relato.) Escribí una propuesta con el rigor que exige este tipo de cosas en las universidades estadounidenses y tuve la suerte de permitirme un viaje corto a Montevideo—los diez días del Fall Brake, en el mes de marzo—exclusivamente para estudiar el diario y financiado por la universidad estatal de New York en Binghamton, donde había comenzado a trabajar hacía relativamente poco.

Ana María me esperaba, con su acostumbrada amabilidad, y apenas llegué a la casa de Sayago, puso a mi disposición—como tantas otras veces—todas aquellas carpetas, que yo había ordenado, ahora perfectamente rotuladas de mi puño y letra. La libreta negra, sin embargo, no estaba. Me consta que se buscó en varios lugares y yo mismo ayudé a ver si había caído detrás de los armarios de la sala. La búsqueda fue infructuosa y hasta hoy, parece no haber rastros de algo tan importante y, lamentablemente, sin copia. Sigue extrañándome que José Pedro Díaz, que mucho antes que yo tuvo acceso a los materiales, no haya mencionado este diario, en particular. No sé por qué no se le ocurrió a nadie que era material publicable y de sumo interés para los estudiosos y hasta para los curiosos.

Entiendo que otros investigadores tuvieron acceso al material después que yo. Sé quiénes son, pero no se trata aquí de acusar a ningún colega. No sé si vieron el diario, pero me consta que no ha sido mencionado en ningún libro, artículo u otra publicación comercial o académica. Eso desapareció, simplemente. Varios años después, el profesor Pau estuvo en Montevideo y evidentemente se puso en contacto con la familia.[10] En su libro reciente hay abundancia de materiales y fotos—algunas de las cuales yo no vi o no recuerdo haber visto—pero no se menciona el diario. Quizás pueda entonces asegurarse sin equívoco alguno que el documento no está en posesión de Ana María. Como me consta que no está entre los materiales que vigila la Fundación Felisberto Hernández y no tengo razón alguna para dudar la palabra de Sergio Elena—el hijo mayor de Ana María—que ni siquiera recuerda el documento, no cabe otra hipótesis: el diario fue robado.

Walter Diconca Hernández, a quien conocí hace ya tiempo en Washington D.C. donde se realizó uno de los primeros homenajes internacionales a Felisberto, hijo de María Isabel Hernández Guerra, la hija mayor del autor, y su esposa Naguy Marcilla, han reunido una cantidad enorme de documentos de y sobre Felisberto que, perfectamente catalogados, están a disposición de los investigadores en la sede de la Fundación, en Montevideo. El proyecto de la organización va mucho más allá de la preservación y el catálogo cuidadoso de todo lo referente a la obra del escritor. Se trata de difundir, fomentar y contribuir al estudio de un corpus literario que ha despertado interés internacional desde hace mucho tiempo y, paradójicamente, se ha estudiado con más entusiasmo en el extranjero que en Uruguay. Como su primo Sergio, Walter desconoce la existencia del diario del viaje a Chile y me ha confirmado que jamás ha tenido contacto alguno con ese documento. Podrá quizás haber algunos manuscritos que la Fundación no registre en sus copiosos archivos—el propio Felisberto no era muy cuidadoso de su obra y pudo haber dejado con amigos, familiares, o alguna de sus compañeras de ruta, materiales que hoy serían de incalculable valor para los críticos. Ronga, una de sus hermanas, tenía en su casa ejemplares de los libros sin tapas, que me obsequió el día de nuestro encuentro. ¿Qué más habría en aquella casa en la calle Petain? ¿Qué más pudo tener Paulina? Se sabe que Amalia Nieto conservaba cartas de Felisberto que solo han sido parcialmente divulgadas. ¿Quién más tiene cosas? Cosas que permitirían establecer con menos vaguedad las claves de esa escritura que estudiamos como marginal precisamente porque no podemos encontrar todas las puntas y atar todos los cabos. Si pudiéramos estar seguros de que esos materiales posiblemente desconocidos están en buenas manos, es decir, están guardados bajo condiciones razonables de seguridad, adecuadamente catalogados y copiados fielmente, los investigadores trabajaríamos con más eficacia y con más entusiasmo aún. La Fundación, luego de menos de una década de trabajo intenso, ha logrado la publicación de ediciones críticas bien anotadas y adecuadas—en diseño, claridad de impresión y calidad de objeto—a las necesidades del marketing postmoderno. Todo esto muy reciente y seguramente prometedor.

Desgraciadamente, y por razones totalmente ajenas a la incómoda situación del diario, mi relación con Ana María fue deteriorando y hoy ya no frecuento la casona de Sayago como solía. Mucho me apena tal situación porque estoy convencido que entre aquellos muros húmedos han quedado muchas cosas que merecen la atención de especialistas. Es más, la desaparición del diario no es el único misterio del cual fui testigo. Advertí una tarde que entre aquella pila de papeles que el tiempo iba oscureciendo, había—sin funda y sin rótulo—un viejo disco Long Play de pasta. Se trataba de una grabación, en voz de Felisberto del texto “Explicación falsa de mis cuentos”, en versión íntegra. Tuve el disco en mis manos y no solo tuve oportunidad de escucharlo sino también de grabarlo, ya que Ana María tuvo la enorme gentileza de prestármelo por unos días. (Estaba algo deteriorado, de modo que le pedí a un buen amigo, cuyo equipo tenía filtros capaces de corregir bastante las imperfecciones del original, que me lo grabara en un cassette.) Aquel disco, que devolví puntualmente a su dueña, había sido grabado en el SODRE para el Archivo de la Palabra. Lamentablemente, ya no se encuentra en los archivos de la institución, la Fundación no lo registra en sus propios archivos, Sergio Elena ignora su existencia y, aparentemente, ya no está en la casa de Sayago. Tampoco yo cuidé con el debido celo aquella copia, que de alguna manera extravié y a pesar de una búsqueda que ya lleva años, no he podido recuperar. El texto en cuestión es una Poética de Felisberto y ha sido estudiado exhaustivamente por la crítica. Está cuidadosamente editado y creo incluso que su manuscrito goza de buena salud. Si bien el interés que tiene esa grabación hoy quizás definitivamente perdida es más documental que crítico, no deja de ser muy triste que haya desaparecido. Por suerte, hay otros registros de la voz del autor que han sido rescatados por la Fundación y están debidamente editados en un lujoso librito que incluye un CD de muy buena calidad.[11]

Cabe esperar que nuevas generaciones de críticos emprendan la difícil tarea de revalorar a un autor inagotable. Como Gardel, que cada día canta mejor, y es un referente ineludible de nuestra cultura rioplatense, Felisberto—nadie usa su apellido, se trata de un amigo—escribe mejor cada día que pasa. La generosidad de Ana María Hernández de Elena con algunos estudiosos, paradójicamente unida a su reticencia a otorgar derechos de publicación de una manera algo caprichosa, han causado la pérdida quizás definitiva de fuentes importantísimas de análisis crítico.[12]

La obra de Felisberto Hernández es esencialmente patrimonio cultural del Uruguay y las importantes traducciones, así como el estudio de su obra por parte de críticos del mundo entero y en el mundo entero, quizás justifique su consideración como patrimonio cultural de la humanidad. Los familiares de Felisberto vinculados a la Fundación no han tenido contacto alguno con el diario del viaje a Chile; tampoco con la grabación de la “Explicación falsa de mis cuentos”. Los familiares que alguna vez lo tuvieron en sus manos, lo han perdido. En el caso del diario no hay quien haya anunciado hasta el momento extravío o pérdida por accidente de cualquier índole. Nadie podrá publicar ese diario, por ejemplo, sin exponer su deshonestidad—ahora—al mundo entero. Y de alguna manera, quién sabe cómo, no debería permitirse que por razones que, sospecho, nada tienen que ver con la literatura, se haya entorpecido—o se entorpezca—la labor de quienes pretenden—nada más ni nada menos—que a un escritor de indudable importancia se le considere como merece. Nadie debe apagar ciertas lámparas…

Horacio Xaubet, Ph.D.

North Carolina Central University


[1] Juego, evidentemente, con ambos títulos de obras ineludibles en cualquier estudio serio sobre Felisberto Hernández: Felisberto y yo, de Paulina Medeiros (Montevideo: Libros del Astillero, 1982) y ¿Otro Felisberto?, de Ricardo Payares y Reina Reyes (Montevideo: Editorial Imago, 1983.) Por razones que quedarán muy claras hacia el final de este trabajo, bien podría haberlo titulado El cuaderno perdido. Quienes conozcan la obra de Felisberto, sin embargo, podrían haberlo considerado algo cursi

[2] Se habló bastante de eso en clase, especialmente cuando analizamos el cuento “El perseguidor”, alusivo al gran saxofonista Charlie Parker.

[3] Ana Inés Larre Borges. “Felisberto Hernández: Una conciencia filosófica.” Revista de la Biblioteca Nacional. 22 (1983): 5-40.

[4] Ver la nota #1.

[5] El libro se titula Felisberto Hernández: Del creador al hombre. (Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1975.) Es sumamente útil como primera aproximación al escritor, especialmente por todo lo que contiene de anecdótico y personal. El padre de Norah, Alcides Gilardi, fue muy buen amigo de Felisberto.

[6] “(E)n realidad no se sabe si es un pianista que se convirtió en escritor o un escritor que durante años desvió su vocación de narrador canalizándola en la de concertista.” No dispongo del texto original de Visca, ya agotado, por lo cual no puedo citar páginas. En Urbanos y camperosAntología del cuento uruguayo. 6 vols.) (Montevideo: Banda Oriental, 1968, Vol. 4 de la

[7] Se trata de Desde el fondo de un espejo: Autobiografía y (Meta)ficción en tres relatos de Felisberto Hernández. (Montevideo: Linardi y Risso, 1995.)

[8] El artículo se titula, “Felisberto el naïf”. En Cuadernos Hispanoamericanos. 302 (1975): 258.

[9] Horacio Xaubet. “Síntesis y concreción de ideas: A propósito de materiales inéditos de Felisberto Hernández.” Jaque (Montevideo, Uruguay) July, 1985, 8-9.

[10] Antonio Pau. Felisberto Hernández: El tejido del recuerdo (Madrid: Editorial Trotta, 2005)

[11] Felisberto Hernández. El balcón / El cocodrilo. (Volumen 29 de la serie De Viva Voz, Madrid: Visor Libros, 2010)

[12] Baste recordar que la edición crítica de Archivos de la UNESCO, cuyo prólogo y notas habrían estado a cargo de José Pedro Díaz, con la participación de otros críticos de importancia, jamás llegó a realizarse por razones cuyos detalles desconozco.

El autor, Horacio Xaubet (der.), junto al presidente de la Fundación FH, Walter Diconca

viernes, 17 de diciembre de 2010

Crece desde el pie...


... y en todos lados.
Felisberto asoma y enriquece la creación en muchas disciplinas. Inspira el magma creador, dispara fragmentos de arrebato. En Buenos Aires y con su voz, Daniela Horovitz riega su planta Y de amor no supe nada.

Recibimos su voz, y su calidez, cruzando el Plata, con emoción y gratitud. Felisberto florece en otras tierras, regado por otras aguas y muchas manos.

¡Gracias Daniela!




Para más información, visitar el sitio de la compositora:
www.danielahorovitz.com.ar

viernes, 19 de noviembre de 2010

Hortensia ¿dónde estás?

Ayer se inauguró en la Librería La Licorne de Punta Carretas, la exposición de María Alejandra Avcharian, inspirada en Las Hortensias de Felisberto Hernández. Una mirada que vale la pena ver.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cumpleaños 108




El pasado 28 de octubre se llevó a cabo en el emblemático Café Brasilero de la Ciudad Vieja un pequeño homenaje a Felisberto Hernández, al cumplirse 108 años de su nacimiento (20 de octubre de 1902).
Ignacio "Nacho" Suárez hizo una semblanza de FH, con una apreciación de su particular proceso creativo y del mundo que lo rodeaba. Presentó el encuentro Cristina Raviolo y Walter Diconca agradeció a los presentes, enfatizando que su abuelo se manifiesta a través de su obra.
El café corrió por cuenta de la casa, por lo que estamos agradecidos.

martes, 17 de agosto de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

Primera vez en Uruguay - el día después

En un anfiteatro colmado, con gente de pie, donde el "amor y el respeto" se respiraban, se llevó a cabo la presentación del libro El caballo perdido y otros cuentos de Felisberto Hernández. El emotivo encuentro culminó en el colonial Patio de los Carruajes, con el notable concierto del pianista Sergio Elena, acompañado del grupo "Bantú".
Reproducimos a continuación las palabras que el presidente de la Fundación Felisberto Hernández, Walter Diconca, pronunció en la ocasión:

Muchas gracias por su presencia señor sub-secretario Roberto Conde, gracias sub-director de Asuntos Culturales Álvaro Malmierca, ambos representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores, organismo que integra a través de su departamento 20 a los miles de compatriotas que viven en el exterior. Gracias director Wilson Netto de la Universidad del Trabajo del Uruguay, instituto que puso al servicio de la comunidad su conocimiento técnico profesional. Y gracias Abbate y Cía. por la demostración de responsabilidad social-empresarial y por su compromiso con la cultura.

En la Fundación Felisberto Hernández estamos convencidos de que esta forma de trabajar es la que requiere el país: una construcción colectiva donde convergen el estado, la empresa privada y la sociedad civil. De todas maneras siempre hay un impulsor y, en este caso, fue Alfredo Coirolo, un servidor público con eficiencia ejecutiva. Para definirlo tomo prestadas las palabras de Julio Bocca en el SODRE: Alfredo trabaja con “disciplina, amor y respeto”.

El libro que presentamos hoy es fruto del esfuerzo mancomunado de muchas personas que, como Javier Malveder, sacrificaron hasta el fin de semana para que el diseño llegara a tiempo a imprenta. Hoy que conmemoramos el apoyo de Artigas a la primera Biblioteca Pública, y estando en presencia de funcionarios del estado, es bueno recordar las palabras del prócer: “Los cargos que da la patria son de honor y empeño para la felicidad pública”.

Agradecemos especialmente a Elsa Alvarez Reyes que propusiera el nombre de Felisberto para esta colección de “Homenajes”.

Este libro tiene básicamente dos objetivos, uno de divulgación y otro educativo, por lo cual la selección es heteróclita. Tenemos entonces desde un cuento como “La pelota”, para escolares, hasta “Lucrecia”, un viaje en el tiempo para alumnos avanzados de secundaria, pasando por “Genealogía”, un texto que publicó Hernández a los 24 años y que es utilizado por los profesores de Matemática. En este volumen, además, se podrá seguir fácilmente la vida y obra de Felisberto a través de una biografía ilustrada.

La difusión se hará en todo el país a través de la Universidad del Trabajo y en el exterior por medio del Ministerio de Relaciones Exteriores.


Felisberto obtuvo tres premios del Ministerio de Instrucción Pública, figura en los planes de estudio de secundaria, ha recibido múltiples homenajes internacionales y es objeto de tesis académicas; sin embargo, es la primera vez que lo publica el estado uruguayo. ¿Será porque fue un adelantado a su época? Quizás encontremos la explicación en el Salón Municipal de 1943. En esa ocasión, Felisberto ganó el decimonoveno premio, nada menos que con “El caballo perdido”. Al peguntársele al jurado porqué Hernández había obtenido sólo el premio 19, la explicación fue que este autor era “un verdadero original”; Felisberto comentó entonces: “vaya forma que tiene este país de premiar la originalidad”.

Este rasgo no escapó, sin embargo, al análisis del escritor mexicano Carlos Fuentes que ya, a fines de la década del 60, decía: “el tránsito de la antigua literatura naturalista y documental a la nueva novela diversificada, crítica y ambigua (...) lo cumplen, de manera radical e imaginativa, dos grandes cuentistas uruguayos, Horacio Quiroga y Felisberto Hernández”.

Y así Felisberto es reconocido no sólo por su originalidad sino, propiamente, como vanguardia.

Para los que no conocieron a Felisberto quiero recordarles que su capacidad narrativa oral era tan excepcional como la escrita. Teniendo yo unos diez años, mi abuelo me contó una historia que al día de hoy no sé si es realidad o ficción. Caminando él por la Ciudad Vieja un hombre lo para a la puerta de un zaguán y le pide que le de una mano. Felisberto accede y entran a la casa, en cuyo patio había un caballo. El hombre le pide que lo ayude a subir el animal por una estrecha escalera que desemboca en un baño. Uno tirando y el otro empujando logran subirlo y lo hacen entrar en la bañera. Felisberto asombrado le pregunta: “Disculpe mi curiosidad, pero ¿por qué metió el caballo en la bañera? El hombre le contesta: “Yo tengo un hermano mayor y cada vez que le digo algo, él me contesta sobrador: ‘Yo ya sabía’. Hoy, cuando regrese del trabajo y baje corriendo a decirme: ‘¡Hay un caballo en la bañera!’ yo le voy a contestar ‘¡Yo ya sabía!’”

Pero Felisberto no estaba solo, su constelación intelectual y humana fue sumamente rica y es bueno recordar a quienes estuvieron a su lado porque ellos también forjaron los cimientos de la genética cultural del país. Voy a mencionar algunos nombres de quienes fueron sus amigos y que permanentemente participaban de tertulias con grandes tormentas de ideas y de creación. Y lo digo también como forma de honrarlos: José Pedro Bellán, Carlos Vaz Ferreira, Joaquín Torres García, Amalia Nieto, Jules Supervielle, Paulina Medeiros, Susana Soca, Reina Reyes, el psiquiatra Alfredo Cáceres con quien Felisberto hacía ronda de pacientes externos. Quiero mencionar especialmente a dos amigos de Felisberto que en poco tiempo nos han dejado: Orfila Bardesio, una poeta de fuerza singular y que a través de sus versos nos deslumbró con la naturaleza y nuestra responsabilidad frente a ella, mucho antes de que conociéramos la palabra ecología, y Juan Carlos Carrasco, gracias a quien tenemos hoy una Facultad de Psicología; dos seres muy queribles y queridos por nosotros también.

De esa época quisiera leer un pequeño testimonio de su amiga Esther de Cáceres, esposa de Alfredo: “Mi visión de Felisberto Hernández a través de largos años (casi cuarenta años de una amistad sin sombra... ¡y es decir!), a través de nuestros encuentros en el ambiente recogido de nuestra casa, da otra imagen que fielmente evoco aquí: la de un creador sacrificado, solitario, desamparado, humilde, delicado en el trato, ardiente en el diálogo, siempre tendido a la seriedad y a la profundidad, la de un ser prodigiosamente dispuesto a dar cuanto tenía de gracia, bondad, original ingenio. Y más: dispuesto a compartir con los otros sus misteriosos poderes de Alma y de Arte”.

También como homenaje a los editores, sin los que no heredaríamos el pensamiento a las próximas generaciones, pienso en Ángel Rama y José Pedro Díaz, cito las palabras de Julio Casal, poeta y editor, padre de nuestra Selva Casal. En ocasión del viaje de Felisberto a Francia lo despide así: “No es que él vaya en fantasma por la realidad. Es la realidad la que lleva su pensamiento por recónditas zonas de niebla y misterio. Es de la luz viva, despierta, que nacen sus más lentos y escondidos paisajes. Poeta: no tendremos necesidad de buscarte, porque ahora en el aire y en la sangre de tu obra, más que nunca, ya te hemos encontrado. Además, la distancia es uno de los puentes que levanta el hombre para recordar”.

Hoy no sólo homenajeamos a Felisberto Hernández, la sociedad se homenajea a sí misma recuperando un hijo excepcional, que no pertenece ni a su familia, ni a las instituciones, pertenece al patrimonio cultural de la Nación, patrimonio del que debemos estar orgullosos todos.

Muchas gracias


martes, 25 de mayo de 2010

PRIMERA VEZ EN URUGUAY

¡A tu salud, Felisberto!

Nos llena de orgullo y satisfacción por sus lectores y por el propio Felisberto, anunciar la primera publicación de sus obras por el Estado uruguayo. En una coedición del Ministerio de Relaciones Exteriores, la Universidad del Trabajo del Uruguay y la Fundación Felisberto Hernández, se le hará llegar a los uruguayos en el exterior, a través del "Departamento 20", y a todos los liceos del país una selección de cuentos del original escritor. Ésta incluye: El caballo perdido, Nadie encendía las lámparas, El cocodrilo, La Pelota, Muebles "El Canario", Genealogía, La mujer parecida a mí, Lucrecia, El balcón, Menos Julia, Mi primera maestra y El acomodador.
Acompañamos la invitación para el acontecimiento.

martes, 30 de marzo de 2010


Montevideo

Eduardo “Pincho” Casanova, cineasta, documentalista y artista plástico uruguayo, creador de “El Monitor Plástico” que se emite por Canal 5 Televisión Nacional de Uruguay desde hace años, presentó en el Centro Cultural de España (CCE) su colección de “neojuguetes” a pila.
Dice Pincho: “Millones de aparatos se construyen para un uso específico, pero una vez descompuestos o rotos, es basura. Los aparatos que están diseñados por la industria para un fin específico, contienen piezas perfectas, que permanecen dentro de la carcasa-cadáver de un objeto. Cuando se piensa en su reciclaje, resulta más caro y complicado que hacer otras o más piezas nuevas. Es una idea recuperar esas piezas sólo para jugar en tanto el valor simbólico que se les otorga en una situación planteada por quien juega. A la Tecnología, a veces, se la asocia a la Ciencia; así como a la Artesanía el Arte.”
Se inspiró en la nouvelle "Las Hortensias" de Felisberto Hernández para realizar el juguete que reproducimos aquí.

viernes, 19 de marzo de 2010

Durham
Carolina del Norte

Haciéndose eco de nuestra búsqueda permanente de material sobre Felisberto el Dr. Horacio Xaubet nos envía lo siguiente:

"Aquí tengo mi ejemplar inmaculado de El caballo perdido, autografiado por el abuelo. Tiene mucho interés porque aunque la escritura es script, respondiendo al famoso cambio aparentemente causado por Supervielle, la firma está en cursiva y con un gracioso garabato-casi infantil. Te transcribo el texto: 'Para el poeta Ernesto Pinto A toda cordialidad Felisberto Hernández Julio de 1946 s/c Juan Manuel Blanes 1138' (No hay puntuación alguna)

Xaubet tiene una Maestría en Arte de la San Francisco State Univesity y obtuvo su Doctorado en la University of California, Berkeley. Allí fue alumno de Julio Cortázar quien lo acercó al estudio de Felisberto.
Actualmente es profesor adjunto de Español en la North Carolina Central University y ha escrito: Desde el fondo de un espejo: autobiografía y (meta) ficción en tres relatos de Felisberto Hernández (Linardi y Risso 1995). En este libro estudia tres relatos: Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria. Esperamos a este poeta melómano con La Truite de Schubert el próximo mayo en la Fundación.

jueves, 18 de marzo de 2010


París

De la Ville lumière, el Dr. Juan Álvarez Márquez aporta esta foto inédita del Príncipe de los poetas, Jules Supervielle con Felisberto. En la foto reconocemos la complicidad que uniera a los escritores que tanto en Blois (Francia) como en Carrasco (Uruguay) se aislaran sólo para escribir.

Álvarez es el autor de Más allá del ruego: vida de Susana Soca (Linardi y Risso 2007), la única biografía que existe sobre la poeta. Soca editó la primera traducción de Hernández al francés en "La Licorne" (Paris 1947). Álvarez Márquez también publicó, en colaboración con Odile Felgine y Laura Ayerza del Castillo, Correspondance Victoria Ocampo - Roger Callois (Paris, Ed. Stock, 1997, con reedición en Buenos Aires, Sudamericana 1998) y en 2001, Susana Soca, esa desconocida (Linardi y Risso). Álvarez obtuvo una Maestría y un Doctorado en Historia en el Institut des Hautes Études d' Amérique Latine, Université de Paris III, Sorbonne.
Se desempeñó como Canciller de la embajada uruguaya en Francia hasta el año 2008.
Designado por el gobierno uruguayo para tal fin, este historiador e investigador tuvo una participación decisiva (de 1992 a 2002) en la repatriación de los restos del charrúa Vaimaca Perú, trasladado por la fuerza a Francia en 1833.
Merci bien, cher ami.

domingo, 14 de marzo de 2010

Buenos Aires

Stella Maris Santiago nos envía estas delicadas ilustraciones de Las Hortensias. Stella es dibujante, pintora y animadora. Recomendamos visitar su sitio www.stellamarissantiago.com y su blog http://stellaencuadro.blogspot.com. En estas ilustraciones que reproducimos utilizó lápiz sobre papel y técnica digital. Su arte es un complemento sensible y sutil a la literatura que tanto disfrutamos.
¡Muchas gracias y bienvenida!

Felisberto Hernández
©
Derechos reservados. Stella Maris Santiago


© Derechos reservados. Stella Maris Santiago


Casa inspirada en Las Hortensias
©
Derechos reservados. Stella Maris Santiago

Tokio

La Fundación recibió este año, la visita de Kazunori Hamada, estudiante de Doctorado de la Universidad de Tokio, que ha elegido "Felisberto Hernández" como tema de tesis. Hamada ha viajado al Uruguay para estudiar a fondo al autor y conocer su ciudad natal en detalle. El artículo de FH, en japonés, de la enciclopedia Wikipedia es de su autoría. Le damos la bienvenida al Uruguay de Felisberto. Aquí la transcripción de su entrada en el libro de visitas de la Fundación.

La frase inicial en japonés dice: "A todos los miembros de la Fundación Felisberto Hernández"


Kazunori "Kaz" Hamada durante su visita a la Fundación